El frío que me invadió no era el de la noche. Era un hielo que nació en mis venas, congelando el tiempo por un instante. La cabaña, que había sido un refugio precario, se sentía de pronto como una tumba abierta. En el suelo de tierra, el símbolo de sangre parecía palpitar, un ojo carmesí que me observaba desde un abismo de odio. "Te vemos. Llorarás."
La quietud era lo más antinatural. El bosque, siempre vivo con el susurro de los insectos y el lejano ulular de los búhos, estaba en un silencio