El silencio que siguió a los gritos ahogados en el callejón fue casi peor que la violencia misma. Era un vacío denso, pesado, que parecía absorber todo el sonido a su alrededor. El sabor metálico de la adrenalina inundaba mi boca, una corriente eléctrica que recorría cada fibra de mi ser. Por un instante, me quedé allí, de pie sobre los cuerpos rotos de los Justicieros, mi aliento formando nubes blancas en el aire helado.
"Bien hecho", susurró Nera en mi mente. Su voz no era la de una bestia ra