XANDER
La vi quebrarse. Desde mi posición, arrodillado frente a ella, presencié el instante exacto en que la última de sus murallas se vino abajo. No fue un derrumbe ruidoso, sino una implosión silenciosa que le robó el color del rostro y la luz de la mirada. Y mi primer instinto, uno primitivo y violento, fue salir de esa oficina y cazar a Adrian Castellanos.
Pero me contuve. La furia era un lujo que no podíamos permitirnos. La Ivy rota que tenía en frente no necesitaba un vengador. Necesitaba un estratega. Necesitaba a su socio.
Me quedé con ella hasta que los primeros rayos del sol comenzaron a filtrarse por el ventanal. No dormimos. Trazamos un plan, moviendo piezas invisibles en un tablero que se había vuelto infinitamente más peligroso. Acordamos las reglas de nuestro nuevo juego: una guerra pública entre nosotros, una alianza secreta en la sombra.
Cuando salí de su oficina al amanecer, yo ya no era solo el inversor. Era su guardián en la oscuridad, el rey que movería sus piezas