XANDER
La vi quebrarse. Desde mi posición, arrodillado frente a ella, presencié el instante exacto en que la última de sus murallas se vino abajo. No fue un derrumbe ruidoso, sino una implosión silenciosa que le robó el color del rostro y la luz de la mirada. Y mi primer instinto, uno primitivo y violento, fue salir de esa oficina y cazar a Adrian Castellanos.
Pero me contuve. La furia era un lujo que no podíamos permitirnos. La Ivy rota que tenía en frente no necesitaba un vengador. Necesitaba