Los días que siguieron fueron un infierno helado. No un infierno de fuego y gritos, sino uno de silencios cortantes, de miradas que se evitaban y de una soledad tan densa que casi podía tocarla. En la oficina, Xander y yo nos movíamos como dos extraños, dos planetas que, tras una colisión devastadora, ahora orbitaban en trayectorias opuestas, condenados a sentir la gravedad del otro sin volver a tocarse. El muro de hielo que se había levantado entre nosotros era infranqueable, construido con la