El claro vibraba como un corazón a punto de romperse.
Cada sonido, cada respiración, cada crujido del bosque tenía el mismo ritmo frenético, como si la tierra misma estuviera al borde de un colapso inevitable.
La criatura tambaleaba, emergiendo de su propia sombra como un cadáver que se negaba a caer. Su estructura, antes oculta bajo la masa oscura, ahora parecía una marioneta mal ensamblada intentando sostenerse. Su respiración rota —si es que podía llamarse respiración— era un siseo áspero, i