—Esto no es solo tu juicio —dije, con voz ronca—. Es el mío también
Entonces, estiré mi mano en forma humana y clavé los dedos en su pecho. No en su carne, sino en lo que había por debajo.
Fue como hundir la mano en agua sucia helada. La sombra intentó subir por mi brazo, arañando desde dentro, buscando un lugar donde anclarse. La marca en mi pecho respondió con un latigazo de luz que me atravesó, obligando a la oscuridad a retroceder.
Rheon gritó. No sé si de dolor físico o porque, por primera