El aire de la tarde envolvía el castillo como terciopelo, cálido, tranquilo y mezclado con el aroma del jazmín en flor. En el interior, los candelabros proyectaron un suave resplandor dorado sobre la mesa del comedor, donde un chef privado les había servido una cena a la luz de las velas de vieiras a la plancha, pato glaseado con vino y fresas empapadas en champán.
Pero el verdadero calor no estaba en la comida.
Estaba en las miradas.
El silencio que se extendía entre los toques robados.
Los pe