Las luces de la habitación del hospital se habían atenuado a un suave brillo ámbar, proyectando largas sombras a través de las paredes de color azul pálido. La noche había caído afuera, pero para Ava, el tiempo se había difuminado en una neblina de monitores que pitaban y oraciones susurradas.
Chloe no se había movido.
Su hermana pequeña yacía quieta, con los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando con lentitud mecánica. Su delicada mano permaneció flácida en el agarre de Ava, todavía calien