Reina
Habían pasado dos días, dos malditos días, y no había cambiado mucho. ¿A quién demonios engañaba? Nada había cambiado, y mi vida solo había empeorado.
No era de las que se quejan, así que decir esto en voz alta era sin duda algo que decía.
Había oído que el tiempo lo cura todo, pero a estas alturas, me sentía tentada a pensar que quienquiera que hubiera acuñado ese dicho no era específico en muchas cosas. O eso, o no recibía el tipo de sonido que curaba algo. En cambio, recibía el tipo que me oprimía con más fuerza con cada hora, como si el tiempo mismo se apoyara en mi pecho solo para ver cuánto podía aguantar antes de romperme.
El hombro todavía me dolía muchísimo.
No podía levantar el brazo sin que se me nublara la vista, no podía darme la vuelta en la cama sin contener un sonido que quería salir de mi garganta. El dolor ya no era agudo, ahora era más profundo. Era un recordatorio constante y palpitante de cada golpe, de cada segundo que había pasado de rodillas en esa habita