Laura no pudo resistirse a Valeria y, al final, dejó que la acompañara al aeropuerto.
Al llegar a la sala de espera, Laura seguía aferrada a la mano de Valeria, con lágrimas en los ojos, le rogó una y otra vez que se cuidara: —Señorita, si se siente mal, llámeme y no haga nada imprudente —suplicó.
—Está bien —respondió Valeria asintiendo obedientemente. Luego, con una sonrisa, le dijo: —Vamos, Laura, es hora de que entres.
—Ay, vale... —dijo Laura, con pesar en su voz, y finalmente entró a la sa