Solo él podía tener la maldita mala suerte de que, el día en que jamás pensaste volver a ver a tu amante, ella aparezca, y en ese mismo día, tu mujer y ella se cruzan el camino arruinando la maldita sensación de seguridad conyugal que habías logrado después de muchas idas y venidas con tu esposa, y mas que nada con las inmensas meteduras de pata, o equivocaciones que habías cometido en aras de una venganza que nunca tuvo razón de ser. Pero ahí estaba, sentado, tratando de acomodar los pensamien