No se iba a dejar avasallar por esos ojos verdes que la miraban con suficiencia. No iba a dejarse atropellar por la furia de cabellos negros que tenía en frente. Fingiría. Eso es lo que haría. Pretender que ese momento para ella sólo era un trámite, cuando en realidad, se le partía el alma en dos. Pocos minutos faltaban para que ella pusiera la firma en ese papel y con ello, atarse a ese hombre tan desconocido como siniestro. ¡Dios, como lo odiaba! Si hubiera podido, le clavaba la pluma con la