Capítulo 46 —La trampa del dinero
Narrador:
Rodrigo entendió algo apenas salió del hospital, con Lucía todavía temblándole entre los brazos: nadie iba a entregar al niño por conciencia. No iba a haber confesiones nobles ni arrepentimientos espontáneos. El niño no iba a aparecer porque alguien “hiciera lo correcto”.
Iba a aparecer siguiendo el rastro de lo único que siempre dejaba huella: El dinero.
Lucía estaba sentada en el asiento del copiloto, con la mirada perdida, las manos entrelazadas sobre el regazo. Ya no lloraba. Eso era lo más inquietante. Sus ojos se habían secado, los tenía abiertos, como si el cuerpo todavía no hubiera alcanzado a procesar lo que el alma ya sabía.
Rodrigo manejaba en silencio, pero no la soltaba. Cada semáforo en rojo era una excusa para tomarle la mano, para apretarla apenas, para recordarle que no estaba sola.
—No voy a perderte —le dijo, sin mirarla—. Ni a ti ni a él.
Lucía cerró los ojos un segundo.
—Tengo miedo de romperme —susurró—. No ahora… sino