Capítulo 36 —Nuestro
Narrador:
Lucía no pudo más.
El semáforo cambió a verde y ella no avanzó. El coche seguía encendido, el motor vibraba suavemente, pero su cuerpo estaba completamente desconectado de la realidad. Tenía las manos agarradas al volante con tanta fuerza que le dolían los dedos. La respiración se le cortaba a intervalos irregulares, como si el aire ya no supiera entrar bien en sus pulmones.
La imagen del niño seguía ahí.
Sus ojos, su voz, ese “mamá” que le había atravesado el pecho como una bala.
No podía seguir conduciendo. No podía pensar. No podía volver a la mansión como si nada hubiera pasado. Sentía que, si avanzaba un metro más, iba a romperse en mil pedazos.
Frenó de golpe y se orilló.
Apoyó la frente contra el volante y rompió a llorar.
No fue un llanto silencioso. Fue uno desesperado, desordenado, de esos que salen desde un lugar profundo, primitivo, donde no hay palabras ni lógica, solo dolor. Se quedó así varios segundos, tal vez minutos, sin noción del tiemp