—Para serte sincera, Scott —suspiré—. Sigo sin creer que me estés contando toda la verdad.
Hubo una pausa al otro lado de la línea. Casi podía imaginarlo sentado en su silla, con la mano presionada contra la sien. Luego suspiró.
—Sabrina —dijo lentamente—, te lo he contado todo. No hay nada más que ocultar.
—Entonces, ¿por qué siento que sí? —Mi voz temblaba a pesar de que intentaba mantenerla firme—. Te reprimes. Como si tuvieras miedo de decir algo.
—No tengo miedo —dijo en voz baja—. Intento