Ace no tardó en quedarse profundamente dormido. En cambio, a mí me costaba mucho conciliar el sueño. Estábamos los dos tumbados bajo las sábanas, inmóviles, con el calor de nuestros cuerpos contra la frescura de las mismas. Cada vez que cerraba los ojos para dormir, me venían a la mente imágenes recurrentes de mi madre y Scott. Por mucho que intentara sacármelas de la cabeza, no podía.
Me moví inquieta. La mente me daba vueltas. Debí de despertar a la bella durmiente que estaba a mi lado porque