Era ya tarde, y hasta el momento, mi madre no se había metido en muchos líos. Se había mantenido al margen y no había ensuciado nada, lo que nos facilitaba mucho la limpieza a mí y al personal.
Había pasado las últimas horas escondida en mi habitación. Aun así, sentía que algo faltaba.
—Mary —llamé cuando una de las criadas pasó con una cesta de sábanas dobladas—.
—¿Sí, señora?
Sonreí—. ¿Cuántas veces tengo que recordarte que soy Sabrina?
Ella soltó una risita—. Lo siento. Sabrina.
—¿Has visto