Cuando llegó a la oficina de Alejandro, la puerta ya estaba entreabierta. Entró despacio, y lo primero que notó fue el delicado aroma de flores frescas llenando la habitación. En su escritorio, un elegante ramo de rosas rojas descansaba en un jarrón de cristal. Luciana sintió que el corazón se le aceleraba un poco, y antes de que pudiera decir algo, Alejandro apareció desde detrás de la puerta, con una sonrisa suave en sus labios.
—¿Qué es todo esto? —preguntó Luciana, sorprendida y ligeramente