—Gracias, pero esto aún no ha terminado, Héctor. ‘Y si nos buscan? —respondió ella, abriendo la puerta para bajar de la camioneta—. Ahora tenemos que asegurarnos de que nadie sospeche nada.
Ambos caminaron hacia la entrada de la mansión. La iluminación entraba por la mansión y Luciana solo quería que todo eso acabara, lo cual era una buena señal: todos, aparentemente, estaban dormidos. Héctor abrió la puerta con cuidado, y ambos entraron en silencio, como sombras deslizándose por los pasillos.