Por primera vez en su vida, el hombre que siempre había sido serio, frío y reservado en algunas ocasiones, se dejó llevar por la emoción. Una lágrima rodó por su mejilla mientras mantenía su mano en el vientre de Luciana, sintiendo las pequeñas pataditas de sus nietas.
—Es… es un milagro —susurró, casi sin poder creer lo que estaba experimentando.
La madre de Luciana, contagiada por el momento, también se acercó. Luciana tomó su mano y la colocó sobre su vientre. Ambas se miraron a los ojos, y