—Es... perfecto, que bueno que no se te quemo —dijo ella bromeando mientras Alejandro colocaba el plato frente a ella y tomaba asiento al otro lado de la mesa.
El desayuno transcurrió en una conversación ligera, con risas suaves y miradas que decían más de lo que las palabras podrían expresar. Luciana sentía que, por primera vez en mucho tiempo, el peso de los resentimientos y las heridas del pasado se disipaba. Algo en la simplicidad de ese momento hacía que todo pareciera más fácil, más posib