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Más tarde no podía creer lo que estaba pasando, quería decirle a mi mente que todo era falso, pero sabía que todo era real. Brenda estaba entrando por la maldita puerta con una semejante maleta con la intención de instalarse para siempre aquí. Sonrió de burla y ni siquiera me saludó, pasó directo a la habitación de mi marido y cerró la puerta.

Todos los empleados me voltearon a ver, quizá sentían lástima por mí. Me defendí de la vergüenza diciéndoles que todos debíamos de tener paciencia, ya qu
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