La mañana siguiente no trajo ninguna revelación, y eso, curiosamente, fue un alivio. Desperté con la sensación persistente de haber cerrado una puerta, aunque no pudiera señalar exactamente cuál. El cuerpo respondió antes que la mente: me levanté sin esa presión conocida en el pecho, como si el aire circulara con un poco más de libertad. Preparé café, abrí la ventana y dejé que el ruido de la calle entrara sin filtrarlo. Ya no necesitaba protegerme de cada estímulo.
Los días posteriores se orga