Mundo de ficçãoIniciar sessão
Elizabeth Oliva, alias Ely, es una alegre joven de 19 años que cursa su primer año de la carrera de Economía y Finanzas junto a sus tres mejores amigas, quienes se hacen llamar “las mosqueteras”. Están unidas por una historia en común: todas son hijas de padres o madres solteros. Se rigen por el lema “una para todas y todas para una”: siempre unidas, siempre fieles y, sobre todo, siempre juntas en las buenas y en las malas.
De las cuatro, Ely es la más alegre y extrovertida. Siempre tiene una palabra de ánimo para sus amigas; es de chiste rápido y risa fácil. Es hija de una madre soltera, Rebeca. Su padre, al enterarse del embarazo, se marchó sin siquiera avisar, y nunca más supieron de él. Rebeca lo amaba profundamente y, al sentirse abandonada de una forma tan cruel, se prometió a sí misma no volver a enamorarse jamás. Desde entonces, cada vez que comenzaba a sentir el más mínimo apego por un hombre, terminaba la relación de inmediato, bloqueándolo de todas sus redes sociales para evitar cualquier contacto.
Nunca necesitó a un hombre para criar a su hija. Con esfuerzo, sacó adelante su carrera de Economía y Finanzas, se asoció con uno de sus mejores amigos, Rafael, y juntos levantaron una empresa de publicidad que, con el tiempo, se convirtió en una de las más importantes de España. Rebeca no solo construyó una vida estable, sino que también formó a Ely como una mujer independiente, fuerte y segura de sí misma.
Así, Ely creció convencida de que el amor no era más que una pérdida de tiempo, algo que solo servía para sufrir. Y ella no estaba dispuesta a eso. Siguió el ejemplo de su madre: no enamorarse para no sufrir. Nunca la había visto llorar por ningún hombre… excepto por su padre. Porque, aunque Rebeca intentaba ocultarlo, Ely la escuchó muchas noches llorando en silencio, hasta que un día, simplemente, dejó de hacerlo.
Sus únicos referentes masculinos eran Rafael y Roberto, los mejores amigos de su madre. No eran tíos de sangre, pero siempre ocuparon ese lugar en su vida. Casi hermanos para Rebeca, casi padres para Ely… al menos, hasta que el destino decidió complicarlo todo.
En cuanto a familia, no tenían a nadie más. Eran madre e hija contra el mundo. Pero eso nunca fue un problema. Rebeca llenó ese vacío con amor, carácter y enseñanzas que marcaron profundamente a Ely: nunca dejarse pisotear, nunca permitir abusos, nunca quedarse en silencio ante la injusticia.
Fue precisamente ese carácter el que la llevó a conocer a su mejor amiga, Camila. Tenía apenas once años y recién comenzaba en una nueva escuela —tras haber sido expulsada de la anterior— cuando vio a un grupo de niños burlarse de una niña de coletas y enormes ojos verdes, llenos de lágrimas contenidas. La pequeña estaba acurrucada en un rincón, cubriéndose los oídos mientras intentaba resistir sin llorar.
Ely no lo pensó dos veces.
Se plantó frente al niño que lideraba las burlas y le dio un puñetazo tan fuerte que lo dejó en el suelo, llorando. Por supuesto, llamaron a su madre. Pero Rebeca, lejos de regañarla, la felicitó por haber defendido a alguien que no podía hacerlo por sí misma. El verdadero reprendido terminó siendo el director del colegio, por no haber visto lo que ocurría dentro de su institución.
Desde ese día, Ely decidió proteger a esa niña. Así nació su amistad con Camila. Y cuando conoció a Carolina, la mejor amiga de esta, el trío quedó completo: se convirtieron en las tres mosqueteras, inseparables, casi hermanas… o mejor dicho, hermanas del corazón.
Con los años, decidieron estudiar la misma carrera: Economía y Negocios. Las tres provenían de familias ligadas al mundo empresarial, por lo que sabían que, tarde o temprano, tendrían que asumir responsabilidades importantes. Fue durante una de las visitas a distintas universidades cuando conocieron a Susan.
Bastó una sola conversación para que la conexión fuera inmediata. Susan también era hija de un padre soltero, aunque en su caso la historia era distinta: su madre había fallecido al darle a luz. Su padre, Ricardo Romero, un joven empresario, la había criado solo, convirtiéndola en el centro absoluto de su vida. Su princesa. Su todo.
Así, Susan se convirtió en la cuarta mosquetera. La D’Artagnan del grupo.
Su amistad se volvió irrompible. Lo hacían todo juntas. Se contaban todo. Las juntas de chicas se volvieron un ritual: noches enteras entre risas, confesiones, música, baile y complicidad. Pedían comida, cerraban la puerta y se olvidaban del mundo. Dormían juntas y, al día siguiente, compartían el desayuno con la familia de la anfitriona. Con los años cambiaron los temas, la música y hasta las bebidas… pero ellas seguían siendo las mismas.
Hasta que llegó aquella noche.
La primera junta en casa de Susan.
Y entonces lo conocieron.
Ricardo Romero, de 38 años.
Alto, de contextura atlética, piel morena, ojos color miel y una sonrisa demasiado perfecta para ser real. Su sola presencia llenaba el espacio. Las tres mosqueteras quedaron en silencio, completamente impactadas.
Pero fue Ely quien no pudo apartar la mirada.
Para ella, no era solo un hombre atractivo. Era… otra cosa. Algo que no supo nombrar en ese momento. Algo que la incomodó tanto como la atrajo.
Susan lo notó.
Y no le gustó nada.
Su padre era su mayor tesoro. Intocable. Prohibido. Inalcanzable. Y ellas… sus amigas… no eran opción. No podían serlo. No debían serlo.
Esa misma noche, entre risas que ocultaban una incomodidad evidente, Susan les hizo prometer algo:
Que jamás intentarían nada con su padre.
Que él era territorio prohibido.
Que había límites que no se cruzaban.
Y ellas, sin imaginar lo que vendría, aceptaron.
Porque hay promesas que parecen fáciles…
hasta que dejan de serlo.






