Diego no recordaba cómo había regresado al hospital.
Cuando volvió en sí, ya estaba sentado junto a la cama de Sofía, con el rostro bañado en lágrimas.
En la cama, Sofía yacía con los ojos cerrados, tan silenciosa que parecía sin vida. Solo el suave movimiento de su pecho probaba que seguía viva.
Diego, contemplando sus serenas facciones, no pudo evitar cubrir su rostro y llorar desconsoladamente.
Sabía que Luciana tenía razón.
Ni Luciana ni Miguel le habían causado tanto daño a Sofía como él mi