Después de un breve intercambio de miradas entre los hombres encapuchados, uno de ellos asiente y se gira hacia mí.
—Es hora de irnos. Vamos a llevarla a un lugar más seguro, parece que no está sola —dice, con un tono áspero y autoritario, dejando en claro que no hay espacio para la discusión.
Con un nudo en el estómago, me pongo de pie y sigo obedientemente a los hombres mientras salimos del galpón abandonado. Subo al vehículo que han preparado para llevarme lejos de la ciudad. El trayecto es