Maxime
Finalmente dejo el escondite, la adrenalina aún vibrante en mis venas, como un último pulso de esta venganza que me ha consumido por completo. Se ha terminado. Al menos, eso es lo que intento convencerme. He cumplido lo que me prometí, he hecho justicia a mi manera. ¿Pero a qué precio? Al contemplarme en un retrovisor agrietado al borde de la carretera, me cuesta reconocer al hombre que me mira.
Y luego, una imagen se impone en mi mente, nítida e implacable: Léa. Su sonrisa traviesa, el