Waldo volvió a la redacción ese miércoles. Estaba ojeroso, cansado, demacrado y se le notaba exánime. Dejé lo que estaba haciendo, sobre un doble crimen en los suburbios, y fui dando brincos a su cubículo. Su jefe lo había amonestado severamente y además la empresa lo multó con un recorte de su salario. Él estaba con el rostro adusto y enfadado, hundido entre sus hombros. -Te estuve llamando toda la semana-, me molesté con él, cruzando los brazos, alzando mi naricita y tamborileando el piso co