Francisco miró a Sabrina, que se encontraba a solo dos pasos de distancia. Su rostro adquirió un tono sombrío, como si estuviera a punto de estallar en cualquier momento.
—No puedo creerlo, Sabrina, ¿me estás engañando?
—Estoy diciendo la verdad —respondió Sabrina con calma, sin dar más explicaciones.
Mantener el silencio resultaba aún más persuasivo.
—¿Quién es él?
Sabrina rio suavemente.
—¿Crees que soy tonta? Ya sabes quién es, ahora puedes ocuparte de él.
Francisco apretó el puño, su