Nadie, absolutamente, nadie puede subestimar a una mujer XL.
Caminé hacia mi chaqueta, me agaché y la levanté del suelo.
Sentí como un par de manos me abrazaba por la cintura. —¡No! Lo que pasa es que ellas sí tienen sangre en sus venas —susurró en mi oído; una de sus manos subió, hizo a un lado mi cabello y sentí como sus dientes daban una pequeña mordida en el lóbulo de mi oreja. Todos mis poros fueron abiertos; ese gesto había elevado mi temperatura; me contuve de no gemir por esa sensación.