Leyla
Los golpes en la puerta llevaban diez minutos.
Diez minutos de nudillos contra madera. Diez minutos de una voz que conocía demasiado bien repitiendo mi nombre con una urgencia que en otro momento me habría derretido. Pero hoy no. Hoy esa voz era ruido. Y yo tenía el volumen en silencio.
Estaba sentada en el sofá de mi apartamento, con las piernas cruzadas, una taza de té entre las manos y una determinación de granito que me había costado toda la noche construir. No lloré. Quiero que quede