DAFNE
Abrí los ojos y vi el techo blanco.
Otra vez el maldito techo blanco.
Cada mañana era igual. Despertar, ver ese techo sin una sola grieta, sin una mancha, sin un rasguño, y recordar que no estaba en mi casa, ni en un hotel, ni en ningún lugar donde yo hubiera elegido estar.
Estaba en una jaula disfrazada de clínica, con paredes acolchadas en algunos pasillos, puertas que no se abrían desde adentro y ventanas que solo dejaban pasar la luz pero no la libertad.
Cerré los ojos un segundo. Y a