Las noches de Miguel se habían vuelto inquietas, atormentadas por un dolor inexplicable que le retorcía las entrañas. Era un sentimiento del que no podía deshacerse, uno que parecía manifestarse de la nada, dejándolo incómodo y desorientado.
Estaba sentado solo en su habitación, la pálida luz de la luna se filtraba a través de la ventana. Las palabras de Florida resonaron en su mente, un inquietante recordatorio de un pasado que había tratado de enterrar. Ella había hablado de maldiciones y con