Diego miró a Violeta, que yacía moribunda en sus brazos. A pesar de sus graves heridas, su sonrisa se alzaba como la de un vencedor.
—Hermano, he ganado.
Dijo con voz débil antes de desmayarse en los brazos de Diego.
Diego sintió pánico y confusión. Sabía que había perdido a Clara para siempre.
Simón tampoco había anticipado que Clara resultaría herida, y Carlos, con los ojos rojos de lágrimas, exclamó: —¡Hermana Clara, tu mano!
—Carlos, estoy bien.
—¿Cómo puedes estar bien? Vas a ser doctora, ¿