La voz resonó como un cubo de agua fría arrojado sobre Clara, haciéndola recobrar la sobriedad.
Ella miró a Diego, su rostro pálido aún manchado con la sangre de Violeta.
Diego nunca había visto a Clara de esta manera, y lo que más lo sorprendió fue que Clara ya conocía la verdad.
Clara mantuvo su mirada fija en los ojos de Diego sin titubear y curvó sus labios, diciendo: —Diego, llegaste en el momento justo.
—Clari, tú ya sabías.
—¿Te sorprende? Mientras estabas pensando en cómo consolarme, yo