Esa temperatura abrasadora pareció extenderse desde la palma de su mano hasta cada centímetro de su cuerpo, y Clara sintió un miedo paralizante.
—Diego, todas las personas en esta isla son amables. Han cuidado de mí, incluso a Claudio no le han hecho daño. Claudio disfruta estando aquí. En cuanto al secuestro, fue un malentendido, puedo explicarlo...
Ella no luchó contra su mano, sino intentó explicar con una voz suplicante: —Regresaré contigo, ¿podrías dejarlos en paz, por favor?
Diego, con los