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Capítulo 2. El inicio de todo.

Capítulo 2.

El Inicio de todo.

POV Ashley.

Soy Ashley Evans. Tengo veintiséis años y mi vida es una deuda que nunca termino de pagar.

En Norco, California, el apellido Evans es sinónimo de poder. Somos la élite; dueños de conglomerados financieros y aseguradores que protegen las vidas de medio estado, mientras la nuestra parece desmoronarse en secreto. Mi familia lo tenía todo, excepto un heredero. Por eso, cuando mi madre y Elizabeth Carper, la esposa del mejor amigo de mi padre, quedaron embarazadas al mismo tiempo, todos hablaron de un milagro.

Pero los milagros, a veces, exigen un sacrificio.

El día del parto, mi hermana Tiffany debía ser la primera en ver la luz. Sin embargo, una contracción violenta me empujó hacia adelante, desplazándola. Salí expulsada al mundo y, en mi camino, arrastré la desgracia: mi pie se enredó en su cordón umbilical, asfixiándola, mientras mis manos provocaban una hemorragia que casi mata a mi madre.

Tiffany nació muerta por unos minutos, débil, con un peso por debajo del mío, dos kilos cien gramos, con insuficiencia respiratoria. Mientras que yo nací perfecta: tres kilos doscientos de salud, ojos verdes y llanto fuerte. Desde ese segundo, mi destino quedó sellado. Ella sobrevivió, pero yo pasé a ser la sombra responsable de su fragilidad. Mi madre nunca me dio el pecho; decía que Tiffany, la débil, lo necesitaba más. Mi abuela me alimentaba con biberones mientras mis padres consagraban su existencia a reparar el daño que yo, supuestamente, había causado.

Crecí escuchando que ella era el milagro que casi pierden por mi culpa. Así aprendí la ley de mi vida: Tiffany es la prioridad.

Si ella se sentía mal, yo no iba al ballet. Si ella quería un juguete, yo se lo entregaba. Mis padres lo llamaban “el sacrificio de la hermana mayor”, pero para mí era el pago de mi condena. Compartíamos ropa, amigos e intereses. Y así, en esa simbiosis de culpa, entró él: Álvaro Villanueva.

Álvaro, el hijo del mejor amigo de papá. El niño de ojos azules que me robaba el aliento.

A los doce años, la tragedia nos unió más. Álvaro sufrió un ataque de asma severo en el jardín. Tiffany entró en shock, paralizada. Fui yo quien corrió, quien le dio RCP como había visto hacer a mi padre, quien calmó sus espasmos mientras Tiffany lloraba sin moverse, mientras yo hacía todo lo posible por mantenerlo con vida. Cuando traje el inhalador y llegaron los adultos, él la sujetaba a ella de la mano, todos creían que había Sido ella quien lo rescató.

—Es mi heroína —decía él días después en el hospital.

Tiffany regresó a casa saltando de alegría.

—Álvaro cree que yo lo salvé, As. Me regaló esta pulsera y prometió que se casaría conmigo cuando seamos grandes. Por favor, por favor, no le digas que fuiste tú, hermana , te lo pido, has esto por mí, yo lo quiero mucho, quiero estar con él.

Miré su sonrisa, recordé lo que ha sucedido y sentía que era una manera de retribuirle lo que había pasado y asentí. Sellamos el secreto con el meñique. Acepté ser la espectadora de mi propia historia de amor porque se lo debía.

Pero los años no borraron el sentimiento; lo hicieron crónico.

Verlos crecer como pareja ha sido como recibir pequeñas puñaladas diarias. Cada risa de Álvaro, cada vez que sus ojos azules se posan en mí y me llama “cuñada”, mi cuerpo reacciona con una descarga eléctrica que no puedo controlar. Me duele verlo besarla, me duele el corazón cuando me invita a jugar videojuegos mientras esperamos a que ella esté lista para una cita. Cada momento a solas con él, cada salida, cada momento especial, ella pedía que se lo cediera, siempre acostumbrada a ser el centro de atención, y mientras yo cedía por remordimiento, le daba paso a que viviera con él, la historia de amor que podría ser mía, yo ayude a forjar esa relación, creyendo que mientras ella fuera feliz, yo podría exculpar mi culpa ante la idea de que todos sus problemas de salud, me rodeaban a mí. Sin embargo, no sabía, cuánto me dolería ver cómo ella construía su vida, sobre mi miseria.

Por eso decidí huir.

—Me voy a Stanford —anuncié una noche, rompiendo el pacto de ir todos a la misma universidad.

Mi madre me llamó egoísta. Tiffany lloró como si la estuviera abandonando en el altar, hizo que todos se enfocarán en ella como siempre, restándole importancia a la idea de que me iba, solo me convertí en la hermana egoísta que rompía su pacto. Álvaro solo me miró con una expresión indescifrable y guardo silencio ante mi confesión.

Me fui a Massachusetts intentando que los miles de kilómetros silenciaran mis pensamientos, pero no funcionó. Las fiestas, las visitas sorpresa a mi pequeño departamento, verlo salir de la ducha en toalla o sentir sus manos en mis caderas cuando me confundía con ella en la oscuridad de un pasillo… todo alimentó mi ansiedad.

Terminé en terapia, medicada con antidepresivos y ansiolíticos para sobrevivir a la idea de su boda.

—Quizás es una obsesión, Ashley —me dijo la doctora.

—No lo sé —respondí entre lágrimas—. Solo sé que no puedo mirar a otro hombre. Espero que todos tengan su voz, su risa. Me desmorono cada vez que me mira. No quiero lastimar a mi hermana, pero lo amo. Dios, lo amo tanto que siento que no debí nacer.

— Calma, no te preocupes, te voy a ayudar, juntas vamos superarlo, ya lo verás, no estás sola.

Llegó el mes de la boda. Fui la dama de honor, vestida igual que el resto pero sintiéndome como una impostora. En el altar, cuando él recitaba sus votos, cerré los ojos e imaginé que esas palabras eran para mí. Pero los aplausos me devolvieron a la realidad. Los vi salir de la iglesia, felices, unidos por un lazo que yo misma ayudé a tejer.

Tras la boda, el regreso a la universidad en Massachusetts fue mi único refugio. Los meses finales de mi carrera de Administración de Empresas se convirtieron en un ejercicio de supervivencia mental. Mientras todos esperaban que volviera a la mansión familiar al graduarme, elegí la independencia. Acepté la dirección de una de las sucursales de la familia y me instalé en mi propio departamento, creando un muro de kilómetros entre mi corazón y ellos.

Tiffany y Álvaro se mudaron a Florida. Él ahora ejerce su papel como CEO, manejando con mano de hierro las empresas de su familia, mientras mi hermana vive el sueño de la esposa perfecta, atrapada en una jaula de oro y lujos, sin ganas de seguir el legado familiar.

Nuestros encuentros se volvieron quirúrgicos: solo en navidades o cumpleaños. Aunque hablamos seguido, mi relación con Tiffany es ahora una fachada de medias verdades; le cuento solo lo que mi conciencia me permite. Con Álvaro, la distancia se volvió absoluta. O al menos eso creía, hasta anoche.

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Juanita FloresLa confunde con la hermana gemela supongo y no usó protección y supongo que ella no se cuida. ????
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