Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 3.
Desorientados. POV Ashley. En el presente, el vapor del agua caliente no logra quitarme la sensación de sus manos sobre mi piel. Me ducho con frenesí, intentando borrar el rastro de su perfume, de su sudor, de mi propia traición. Me visto y recojo mis pertenencias con movimientos erráticos, con el único objetivo de huir antes de que el sol termine de salir. Justo cuando alcanzo la puerta, con la maleta quemándome la mano, una voz me congela la sangre. —¿As? ¿Ya te vas? Me giro lentamente. Tiffany está ahí, frotándose los ojos con la inocencia de quien no sospecha que su mundo acaba de ser profanado. En ese instante, Álvaro aparece detrás de ella, envuelto únicamente en una toalla, con el cabello húmedo y la mirada turbia. —¿Qué pasó?— Pregunta desorientado, mirando a Tiffany, luego nota mi presencia y se sorprende.—¿Ashley? —pregunta él. Su voz suena ronca, confusa. —Lo siento, Tif… —mi voz sale quebrada, extraña—. Se me presentó algo urgente en la oficina, yo… tengo que irme. —No, no vas a irte —me interrumpe ella, acercándose con rapidez—. No cuando más te necesito, As. Por favor, sea lo que sea, puede esperar un par de días. Me toma de la mano y su tacto me quema más que el hielo. Siento cómo mi cuerpo empieza a temblar de forma incontrolable. —Estás helada, As —dice Tiffany, preocupada. Se gira hacia su esposo—. Amor, ¿qué te pasó? Ve a vestirte, no ves que Ashley está aquí. Date prisa. Álvaro no se mueve de inmediato. Su mirada se clava en la mía, una mezcla de extrañeza y un destello de reconocimiento que me hace querer desaparecer. Finalmente, asiente con torpeza y se aleja hacia la habitación, dejándome a solas con Tiffany. Apenas puedo articular palabra. El aire me falta. —Tif, yo de verdad tengo que… —Me niego a dejarte ir, hermanita —insiste, tirando de mí hacia el salón—. No puedes, no hoy. Tienes que estar conmigo. ¡Roxana! ¡Chocolate caliente! —Sí, mi señora —responde la empleada desde la cocina. Me obligan a sentarme en el mismo sofá donde hace unas horas perdí lo último que me quedaba de integridad. El pánico me oprime el pecho. Miro a Tiffany, tan radiante, tan ajena al hecho de que la he traicionado. He pasado toda mi vida intentando compensar el haberle robado el aire al nacer, de ser la culpable de su enfermedad, y ahora, en una sola noche de debilidad, le he robado lo único que ella creía que era solo suyo. Le he fallado de la forma más vil posible, y lo peor es que, mientras ella me abraza intentando darme calor, una parte de mí todavía guarda el eco de los gemidos de Álvaro en mi oído. El ambiente en el comedor es asfixiante, al menos para mí. El aroma del café recién hecho y el chocolate caliente se mezcla con el persistente olor de la culpa que parece emanar de mis poros. Me obligo a sentarme a la mesa, manteniendo la espalda rígida y la mirada fija en la porcelana, evitando a toda costa el contacto visual. Álvaro baja finalmente, ya vestido con un traje impecable que resalta su porte de CEO. Se sienta frente a nosotros con una naturalidad que me resulta aterradora. Observo cada uno de sus movimientos: toma el periódico, le da un sorbo a su café y se dirige a mí con la misma cortesía distante de siempre. —¿Cuándo llegaste, Ashley?—pregunta con su voz gruesa. —Ayer por la tarde—apenas logro susurrar, sintiendo que el nudo en mi garganta es cada vez más grueso.— Pensé que Tiffany, te lo había comentado. Tifanny responde casi de inmediato. — Lo olvide, solo le dije que vendrías, olvidé mencionar que ya habías llegado. — Bueno, no pasa nada, no es que me moleste.— Responde él con esa naturalidad que lo caracteriza. Es lo que me confirma que él no sospecha nada. Su comportamiento me confirma mi mayor temor y, a la vez, mi mayor alivio: para él, lo de anoche no fue más que un encuentro apasionado con su esposa. Está convencido de que fue Tiffany quien se entregó a él en la cocina; no hay nada en su mirada que me involucre. Para Álvaro, yo sigo siendo solo la cuñada estudiosa y reservada que llegó de visita. —Álvaro, amor —dice Tiffany, rompiendo el silencio con su habitual entusiasmo mientras unta mantequilla en su tostada—. Le decía a As que no puede irse. He decidido que se va a quedar unos días más con nosotros. Necesito su ayuda con los detalles finales de la fiesta y, bueno, la extraño demasiado. Álvaro levanta la vista del periódico y me dedica una sonrisa cortés, esa que siempre me ha parecido tan encantadora como dolorosa. —Por supuesto. Eres bienvenida el tiempo que quieras, Ashley. Esta es tu casa —dice con sinceridad, antes de mirar su reloj—. Bueno, me marcho. Tengo una junta importante en el centro. Se levanta y se inclina para darle un beso casto en los labios a Tiffany. Verlos así, en su rutina de matrimonio perfecto, me provoca una náusea violenta. Al pasar por mi lado, se limita a darme un leve asentimiento con la cabeza. —Que tengan un buen día, chicas. Lo observo marcharse, escuchando el rugido del motor de su auto alejándose por la entrada. Solo entonces suelto el aire que no sabía que estaba reteniendo. Él no lo sabe. No tiene idea de que fui yo. Y esa ignorancia me duele casi tanto como la traición misma; para él, yo ni siquiera existo en esa dimensión de placer. Tiffany se levanta de un salto, llena de energía, ignorando por completo el torbellino interno que me está destruyendo. —¡Qué bien que aceptaste quedarte! —exclama, rodeando la mesa para tomarme del brazo—. Vamos, hermana, el día es largo. Tenemos mil cosas que hacer para el aniversario. Acompáñame, necesito que me ayudes a elegir las flores y el menú. ¡Será como en los viejos tiempos!






