Fiorella
En el segundo que veo la cara de Luciano, sé que algo anda mal.
Algo pasó.
La mirada en sus ojos y la palidez en su piel aceitunada son suficiente para que haga a un lado mi furia sobre dónde pasó nuestra noche de bodas.
Está cayendo la tarde y acaba de llegar a casa. Dejo de lado el hecho de que su cabello está desaliñado, como se vería si pasara la noche en la cama con esa mujer.
Entra en el dormitorio, camina hacia mí cerca de la ventana y me toma de las manos.
Él sostiene mi mirada.