Escoltada por los hombres de Massimo, subo a la limusina. Todo mi cuerpo entra en tensión, pero logro controlar mis nervios para que nadie pueda notarlo. Me acomodo en el asiento y giro mi cara hacia la ventana. De un momento a otro, la inseguridad se ha apoderado de mí y ha enterrado sus uñas alrededor de mi cuello. Respiro profundo e intento ralentizar los desbocados latidos de mi corazón.
―¿Estás bien, Isabella? ―pregunta Massimo, cuando sube y se sienta frente a mí. Estoy tan distraída que n