Dejo caer el arma y acudo en auxilio de mi esposo.
―Massimo, por favor, no me dejes ―le ruego, llorosa y desconsolada―. Nuestro hijo necesita a su padre, por favor, lucha con todas tus fuerzas, te necesito a mi lado.
Tomo su mano ensangrentada y la llevo a mi boca para besarla mientras noto con preocupación mar de sangre que brota desde su estómago.
―Él no… no fue, ca… cariño ―intenta explicar con débiles susurros―, Reeves, no lo hizo, fue otro hombre.
Suelto un jadeo debido a la impresión que m