Tenía los nervios a mil, ya llevaba un mes viviendo aquí y no lo había vuelto a ver, no sé si se alejó por consideración a mí, pero a la casa de Catalina no ha vuelto. Bajé las escaleras, respiré profundo hasta llegar a la sala, la señora Samanta desde el pasillo que conduce a la cocina me puso los pulgares como diciéndome que sea berraca para hablar.
Hasta ahora se presentó, cuando mi vestimenta era una sudadera, una blusita de tirantes, sin maquillaje, con el cabello recogido en un moño mal h