No le respondí, di dos zancadas y con mis manos acuné su rostro, su aliento y su aroma a rosas desarmaron cualquier barrera, volví a besarla, todo el día había deseado hacerlo, ahora teníamos un par de horas, quiero saciarme de ella, no tenía idea que me hacía sentir Cata, pero me agradaba.
—No has respondido.
Se separó un poco. ¡Qué terca! Acaso ¿no era evidente la demostración?
—No quiero que nadie sepa, tampoco quiero privarme de besarte. —Le dije.
—¿Te doy vergüenza?
—¡¿Catalina de dónd