Me ponía nerviosa, tanta recomendadera, pero son padres, lo dejo en el que se preocupan por mí.
—Eso mismo dijo el señor Luis, acabo de hablar con él. —miró su reloj—. Debemos irnos Bodoque, se la traigo como a las seis, señora Samanta. Mi abuela le manda a decir que la espera para jugar parqués
Sonreí. Mi mamá desde la muerte de la señora Martina cada sábado la acompañaba a pasar la tarde.
—Gracias, hijo. Cuídala.
—Tranquila, lo haré con mi vida.
—¡Si cómo no, moñito! —dije.
—Sabes que te