Betty, Betty, la veía conducir, dos años y medio sin verla, miré hacia atrás y la carita de mi hija me regaló esa hermosa sonrisa. No podía negar que las extrañé demasiado, tanto que en más de una ocasión me llené de estudios para no buscarlas.
—Llegamos, ¿ahora qué?
—Espérenme aquí, Rosa debe estar bastante enojada, puedo tardar un poco.
—Bien. —miró al frente—. Voy a estacionarme de aquel lado, miró la hora—. Allá te esperamos.
Bajé de su automóvil gris, el rojo que vi en el garaje debía ser