Rim, rim, rim.
El sonido insistente de la alarma atraviesa mi sueño y frunzo el ceño sin abrir los ojos.
—Amaya... apaga la alarma.
Mi voz sale ronca mientras me acomodo mejor entre las sábanas.
—Después de esta semana me merezco dormir un poco más.
Espero escucharla protestar, decirme que voy a llegar tarde o recordarme que fui yo quien programó la alarma.
Pero la única respuesta es el sonido insistente que continúa llenando la habitación.
Rim, rim, rim.
—Amaya...
Abro los ojos y el recuerdo m