CAPÍTULO CUARENTA Y TRES
—¡Joder! —exclamó Aiden dando vueltas por la sala. Tiraba de su cabello azabache despeinado con una de sus manos, mientras que con la otra mantenía el teléfono apretado, casi a reventar.
Parecía un león acorralado, enjaulado, que en cualquier momento destrozaría a su víctima y también así mismo. Estaba cansado, frustrado y no tenía idea de cómo iba a confesarle la verdad a Emily. La vergüenza lo corroía como ácido en la piel y el remordimiento lo acribillaba, porque sa