CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO
Aiden llegó al hotel a la hora indicada. La recepcionista le había dejado la tarjeta con la cual tenía que abrir la puerta, por lo que deslizó aquel plástico por la placa y la puerta se abrió en un ruidoso clic.
Un olor dulce lo noqueó al entrar en la suite. Era tan fuerte que hasta náuseas le dieron.
Caminó hacia el dormitorio con vista a la ciudad y se encontró con su cuñada, que vestía tan solo con una bata de seda, sentada en la cama de piernas cruzadas y con un