CAPÍTULO CIENTO SESENTA Y CINCO
Emily no dejó de pensar en las palabras que le dijo Don Adrián. Una y otra vez se le venía a la cabeza que era lo bueno que podía ver en todos los problemas que la sumían en la oscuridad.
Era una constante que nunca desaparecía, ya que por unos breves momento era feliz, pero luego se volvía triste y con ganas de desaparecer, sin embargo, no podía demostrarlo, ya que, si antes tenía a dos pequeñitos, ahora eran tres niños inocentes que siempre dependerían de ella,