Mundo ficciónIniciar sesiónÍbamos en la moto y paramos en mi restaurante favorito. Apenas lo vi, sentí una emoción inmediata; me encantaba ese lugar. Nos bajamos y, como siempre, Esteban tomó mi mano con naturalidad. Ese gesto ya era tan común entre nosotros que ni siquiera lo cuestionaba. Caminamos hacia dentro del restaurante buscando a mis padres junto a mi hermano.
Llegamos, nos sentamos y ellos me sonrieron, deseándome nuevamente un feliz cumpleaños. Sonreí de vuelta, feliz. Sin duda, estaba siendo un día perfecto.
Pedimos la comida, esperamos entre conversaciones, y cuando llegó, comimos mientras hablábamos de muchas cosas. La pasamos muy bien, riendo y disfrutando el momento juntos.
Terminamos de comer, mi padre pagó y salimos del restaurante. Mi madre se acercó a mí con una sonrisa cómplice.
—Nosotros iremos a casa —dijo—. Tú vete con Esteban, él te llevará a otro lugar.
Parpadeé, confundida.
¿Otro lugar?
¿Más sorpresas?
Me subí nuevamente a la moto, sintiéndome emocionada e intrigada al mismo tiempo. No sabía a dónde íbamos, y eso sólo aumentaba mi curiosidad. Hacía un poco de frío, así que lo abracé por la cintura mientras avanzábamos.
Pasaron varios minutos hasta que finalmente llegamos. Era una casa muy bonita, pero no era la de él.
Fruncí un poco el ceño.
¿De quién era esa casa? Nunca había venido allí.
Nos bajamos de la moto.
—Quería contarte algo... —dijo, sonriendo.
—¿Qué cosa? —pregunté, intrigada.
—Me independicé... Hace dos días me mudé. Esta es mi nueva casa, viviré solo —explicó con una sonrisa—. Puedes venir cuando quieras.
Lo miré sorprendida.
—¿De verdad? —sonreí—. Está hermosa... pero entremos, ¡quiero ver!
—Jaja, está bien... —respondió, rascándose la cabeza, algo nervioso.
Lo miré con una pequeña sonrisa.
—¿Por qué te pones nervioso? Es normal si no tienes muchas cosas todavía, apenas estás empezando.
—Sí... supongo que es normal —dijo mientras abría el portón.
Entré y miré todo con atención.
—Tu casa es preciosa... ¿es muy costosa? —pregunté, asombrada.
—No mucho.
Lo observé unos segundos.
—¿Y por qué te fuiste de casa? Si tus padres son geniales.
—Quería vivir aparte... ya estoy grande. Trabajo y... no sé, simplemente quise hacerlo. —Se encogió de hombros.
Solté una risa.
—Adulto.
Subimos las escaleras, donde estaba la sala, la cocina y dos recámaras. Abajo quedaba el espacio para la moto o un carro si algún día tenía uno.
Todo estaba muy bonito. Tenía una mesita en la sala, un televisor y un sofá; en la cocina, la estufa, una nevera y algunas ollas.
—Tienes muchas cosas, Esteban —comenté—. ¿Cuándo compraste todo esto? Además, todo está muy bonito.
—Llevaba meses ahorrando para poder comprar estas cosas antes de mudarme —respondió con una sonrisa—. Las compré una semana antes de rentar la casa.
Lo miré impresionada.
—Wow... eres muy inteligente. Te alcanzó para bastante.
—Claro, sabes que no gasto mucho dinero. Sólo ayudaba a mis padres con algo y te compraba cosas, pero el resto lo ahorré.
Solté un suspiro.
—Me alegra mucho, Esteban... y ya luego conseguirás novia y me abandonarás.
Su expresión cambió de inmediato.
—No digas eso —respondió con seriedad, acercándose a mí—. Para tener novia falta mucho... y nunca te abandonaría, Sara.
Tomó mi rostro entre sus manos.
—No vuelvas a decir algo así, ¿está bien?
Sonreí, tratando de suavizar el momento.
—Sólo lo decía... es normal que pase, no te pongas así.
—Aun así —insistió—, siempre vamos a ser amigos, sin importar qué.
Acarició mis mejillas.
—¿Está bien?
—Está bien —respondí, abrazándolo—. Ahora ya no más tristezas, dame el tour completo de tu hermosa casa.
—Vamos —sonrió.
Me mostró su recámara: tenía una cama grande, un clóset café claro muy bonito y un espejo grande. También tenía aire acondicionado. En la otra recámara había una cama pequeña, una mesita y un ventilador.
—¿Para quién es esta recámara? —pregunté.
—Para nadie... o para cuando se queden nuestros amigos —respondió, riendo un poco.
Le di un pequeño golpe en el hombro.
—Primero me quedo yo antes que nadie.
—De hecho, estaba pensando en hacer una pijamada con todos estos días —dijo emocionado—, pero claro, tú primero.
—Me gusta la idea, podemos ver películas y comer mucho.
—Sí, suena bien.
Tomó mis manos y me llevó a la sala nuevamente. Nos sentamos en el sofá y encendió el televisor.
—¿Cómo vas con Manuel? ¿Así es que se llama? —preguntó.
—Sí —respondí haciendo un gesto gracioso—. Vamos muy bien, es un buen chico... me hace feliz.
Sonreí.
—Me alegra —dijo—. Sólo espero que no te lastime nunca...
—O estará muerto, ya me la sé —respondí riendo.
Él soltó una risa.
—Lo digo en serio. No quiero que nadie te lastime, Sara.
—Lo sé. Así como yo tampoco quiero que nadie te lastime a ti. —Lo miré fijamente.
—No me mires así —dijo, desviando la mirada—. Pon algo.
Reí.
—Siempre te asustas cuando te miro así.
—No me asustas... sólo te ves intimidante.
Se acomodó y recostó su cabeza en mis piernas.
—¿Me rascas un poco? —pidió con una sonrisa.
Rodé los ojos.
—¿En serio vamos a hacer esto en mi cumpleaños?
—Sólo un rato... estoy cansado —murmuró, cerrando los ojos.
Suspiré.
—Está bien... pero pásame el control.
Moví su cuerpo suavemente.
Sin abrir los ojos, me pasó el control. Cambié de canal y me quedé viendo televisión, exactamente dibujitos, mientras le rascaba el cabello.
El tiempo pasó sin que me diera cuenta.
Pasaron aproximadamente cinco horas. Él había dormido todo ese tiempo sobre mis piernas, que ya estaban completamente dormidas.
De pronto, sonó su celular.
Se levantó rápido y contestó la llamada. Comenzó a caminar de un lado a otro, hablando en voz baja. No entendí mucho, pero antes de colgar dijo claramente:
—Ya vamos para allá.
Hice como si no hubiera escuchado nada.
—Vamos —dijo, extendiéndome las manos.
—¿A dónde? —pregunté.
—Te tenemos una sorpresa.
Me levantó del sofá, pero apenas intenté moverme, volví a caer.
—No siento las piernas... me da pereza.
—¿Te cargo?
Abrió los brazos.
—Shi —respondí, como niña.
Él rió.
Me cargó, me bajó por las escaleras y me sentó en una silla mientras sacaba la moto. Luego volvió por mí, me levantó nuevamente y me subió.
Arrancamos.
No tenía idea de a dónde íbamos.
Cuando llegamos... era mi casa.
Fruncí el ceño.
¿Esa era la sorpresa?
Entramos. Todo estaba oscuro.
Y de pronto—
—¡Feliz cumpleaños, Sarita!
Todos salieron gritando.
Me quedé en shock.
Una fiesta. Para mí.
Sonreí de inmediato, sintiéndome completamente feliz. Hacía años que no me hacían algo así.
La pasé increíble. Bebimos, bailamos, reímos, hablamos... fue una noche perfecta.
Después de un rato, llegó el momento de abrir los regalos. Empecé a desempacarlos uno por uno, emocionada.
De repente, todos miraron hacia la escalera.
Volteé... y vi a Esteban bajando con un regalo enorme, casi del tamaño de él.
Se me cayó lo que tenía en las manos.
—¿Qué es eso? —pregunté, sorprendida.
—Mi regalo —respondió, sonriendo.
—¿Más? Esteban... es enorme...
—Te mereces esto y mucho más, Sara —dijo, dejando el regalo frente a mí—. Ábrelo.
Respiré hondo.
—Gracias... de verdad.
Abrí el regalo rápidamente, rompiendo el papel... y dentro había un oso gigante, más alto que yo, suave y esponjoso.
Salté de emoción sin poder evitarlo. Todos rieron al verme así.
Corrí hacia Esteban y lo abracé fuerte.
—Muchas gracias... te amo. De verdad, gracias.
Me acerqué y se lo susurré al oído.
—Me alegra que te haya gustado —respondió, abrazándome.
—¡Ya, sigamos bailando! —gritaron los demás.
Nos separamos riendo y volvimos a la fiesta.
Bailamos hasta el cansancio, hasta que ya no sentía mis pies.
A las tres de la madrugada, todos comenzaron a irse.
Poco a poco la casa quedó en silencio.
Todos se fueron...
Excepto Esteban.







